PROVINCIALES

CRIA DE SALMONES

El rechazo ambientalista, sustentado en siete puntos

El Foro para la Conservación del Mar Patagónico, organización internacional que nuclea a más de 20 entidades ambientalistas de cuatro países, elaboró un documento donde traza los principales inconvenientes que provoca la cría de salmones exóticos. Desde posibles escapes hasta el uso de sustancias químicas, algunas de las razones esgrimidas.

La cría de salmones exóticos, en la mira de las principales organizaciones de cuidado ambiental del mundo.
La cría de salmones exóticos, en la mira de las principales organizaciones de cuidado ambiental del mundo.

El Foro para la Conservación del Mar Patagónico, que nuclea a más de veinte ONG, preparó un documento que define los principales problemas ambientales, económicos y sociales que genera la cría de salmones exóticos.

“El Foro brinda un marco para unir esfuerzos y concertar el discurso de las organizaciones de la sociedad civil que lo integran bajo un enfoque regional, así como para promover objetivos que cada una por su cuenta, o en alianzas más restringidas, no estaría en condiciones de abordar”, asegura el sitio web de la organización que nuclea a más de 20 entidades de cuatro país, todas ellas de reconocida trayectoria, entre las que se cuentan la Fundación Vida Silvestre, Pristine Seas de National Geographic, World Wildlife Fund y Antartic Research Trust, entre otras.

Los aspectos salientes del documento plantean situaciones que ya se han vivido en otras latitudes donde la cría del salmón está más arraigada, tal el caso de algunas zonas del territorio chileno, y se sustenta además en la opinión de científicos y especialistas en la materia.

 

1. El escape de salmones

 

Los salmónidos exóticos que se escapan de las granjas depredan especies nativas de insectos, crustáceos, moluscos y peces. Las fugas son la segunda causa de pérdida de biodiversidad en Chile, ya que muy pocas especies (apenas algunas aves y el lobo marino de un pelo) depredan sobre los salmones.

Un caso paradigmático ocurrió en Chile el pasado 5 de julio, cuando escaparon unos 700 mil salmones Atlántico -el único que no está asilvestrado- del centro Punta Redonda de la empresa noruega Marine Harvest, una firma que había recibido un certificado de sustentabilidad. Fue en medio de un temporal que no era excepcional. Sólo recuperaron poco más de 5 %. Ahí radica parte del problema: la falta de un método de contingencia.

Casi no hay estudios sobre el tema. El más grande hasta el momento lo hicieron en 1995 científicos y estudiantes de la Universidad Austral de Chile (UACh), quienes determinaron que, durante un año, entre 1994 y 1995, se escaparon 4 millones de salmones cerca de Puerto Montt. A su vez, una investigación del Núcleo Milenio de Salmónidos Invasores determinó que el 20 % de los fugados contenían peces nativos en sus estómagos.

Muy lejos de la perspectiva chilena y el proyecto en Argentina, Washington sufrió en 2017 un escape de entre 160 mil y 263 mil salmones Atlántico de un centro de engorde de la empresa Cooke en Puget Sound. Ocho meses después, las autoridades detectaron salmones exóticos a 108 kilómetros de allí. Todo terminó con una ley que prohibió su cultivo en el Estado una vez que se venzan las actuales concesiones. ¿El objetivo? Proteger las especies nativas.

En el caso de Tierra del Fuego, la provincia tiene una vasta experiencia en la introducción de especies exóticas. La más conocida es el castor, pero no es la única. También se probó con el visón, la rata almizclera y los conejos. Y con los zorros grises, con los que se buscó en vano eliminar a millones de conejos introducidos con fines domésticos en los años ‘30. Al final al conejo se lo eliminó con el virus de la mixomatosis que se importó desde Inglaterra y Alemania, y hoy queda el zorro gris, que depreda a especies autóctonas.

El caso más extremo sí es el del castor. En 1946 llegaron al país 20 parejas, en principio con el fin de explotar sus pieles, aunque hay otras versiones. Se estima que hoy son unos 100 mil. Pese a que en Tierra del Fuego no tiene depredadores, para defenderse de ellos instintivamente los castores construyen diques y arman su madriguera en el medio del lago que se crea. ¿La consecuencia? Unas 30 mil hectáreas de bosque nativo destruidas, lo que equivale a dos veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires, ya que los árboles del bosque patagónico, lengas, ñires, coihues y guindos, tienen un crecimiento muy lento, no rebrotan y no suelen sobrevivir a las inundaciones. Y si las resisten, los castores usan esa madera para reforzar sus construcciones.

Pero la pérdida de biodiversidad no sólo se asocia a los escapes de salmones. Gustavo Lovrich, científico investigador del CADIC, está convencido que en el Canal de Beagle está en riesgo la presencia de centollas, pingüinos y cormoranes, entre otros animales que además son un atractivo turístico.

“El sedimento que viene de los salmones y de la alimentación se acumula en el fondo, las bacterias empiezan a reciclarlo y ese metabolismo demanda mucho oxígeno. La salmonicultura, entonces, produce fondos sin oxígeno y a las centollas no les gusta”, explicó.

“A su vez, para matar al piojo de mar, a los salmones los bañan en un pesticida llamado cipermetrina, que mata a todo el plancton, lo que incluye a las larvas de centolla. El efecto es local, pero si tenés muchas jaulas y los baños son frecuentes, todo alrededor se muere, incluidas las especies comerciales, como la centolla o el mejillón”, advirtió.

Y agregó: “Los pingüinos, los cormoranes y las ballenas jorobadas que son visitantes frecuentes están en la zona porque hay comida, que básicamente son sardinas y langostillas. Si por alguna razón que no sabemos -porque no se estudió en Chile- desaparece su comida, es posible que busquen otro lugar para anidar”.

En esa línea, para la Cámara de Turismo de Tierra del Fuego la mera presencia de las granjas de cultivo afectará los paseos por el Canal de Beagle: “Siempre son bienvenidas las inversiones, pero no estamos de acuerdo con las industrias que afectan a otras. El impacto visual de las jaulas sería horrible para los que van a los faros, a la isla a los pájaros o a la de los pingüinos, a lo que habría que sumar el impacto ambiental. Nuestro mayor atractivo es el recurso natural. No podemos perder ese objetivo”, planteó el ex presidente del ente y actual miembro de comisión directiva, Marcelo Lietti.

Puerto Almanza es el pueblo más austral del país, donde la mayoría de sus pobladores vive de la pesca artesanal de centolla, mejillones y otros moluscos. “Nadie nos dice nada, no hay información, no sabemos qué van a hacer, pero lo que nos contaron los hermanos chilenos es que las salmoneras le van a hacer daño al medioambiente y a las centollas”, se indignó Diana Méndez, pescadora y propietaria del comedor Puerto Pirata.

Eso que le contaron los hermanos chilenos a Diana es una realidad. La salmonicultura comenzó a desarrollarse en Chile a mediados de los ‘80, pero recién una década después empezó a explotar y transformarse en lo que es hoy. Y los primeros en advertir los cambios negativos fueron los pescadores, que empezaron a hallar menor cantidad de las especies comerciales y más salmones, que ni siquiera pueden vender porque es ilegal.

En la mesa del comedor de Diana están Haydeé Águila Caro y Leticia Isabel Caro Kogler, miembros de dos de las trece comunidades kawésqar de Punta Arenas, en Chile. “Nosotros convivimos con la salmonicultura durante mucho tiempo, pero como no la veíamos, porque las balsas estaban lejos, sólo nos preocupaba que respeten nuestros territorios. El pánico empezó después, porque empezaron a haber eventos de muertes de peces, pájaros, lobos marinos y bancos de bentónicos, y comenzaron a desaparecer róbalos, pejerreyes, se mudaron los elefantes marinos. Y la segunda generación de nuestras comunidades, más estudiadas, advirtieron que los salmones eran depredadores”, recordó Leticia.

“También con el tiempo empezamos a ver cómo dejan la playa, el color negro de la arena y el mar, el feo olor, y nos enteramos de los vertidos ilegales, las balsas abandonadas. Los buzos nos decían que en el fondo del mar no había nada vivo, que es todo pura cáscara”, completó Haydeé.

Hoy el salmón es el producto de exportación más importante de Chile, después del cobre, y ya supera los 4.500 millones de dólares al año. Se calcula que genera unos 20 mil puestos de trabajo directos. También tiene una altísima tasa de mortalidad entre sus empleados: casi uno por mes. Entre noviembre de 2016 y abril de 2018 fallecieron 17 trabajadores: 10 buzos, tres tripulantes de embarcaciones y dos transportistas.

 

2. El abuso de antibióticos y otras sustancias químicas

 

La alta densidad de las jaulas y su proximidad a otras granjas de cultivo favorecen la propagación de enfermedades y parásitos. En 2015 en Chile, según cifras oficiales, la industria salmonera utilizó 557 toneladas de antibióticos, casi un gramo por kilo producido, lo que representa un 36 mil por ciento más que lo que se usa en Noruega, donde el salmón es nativo.

El abuso de antibióticos genera cepas bacterianas resistentes. De hecho, las zonas dedicadas a la acuicultura son las de mayor desarrollo de resistencia bacteriana y hay quienes temen que esto derive en enfermedades incurables. También se documentaron casos de peces nativos con trazas de antibióticos.

Al respecto, una investigación realizada por la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) detectó a partir del análisis de muestras de salmón que se venden en la Ciudad de Buenos Aires que “el 66 % de los casos presenta restos de flumequina y, principalmente, clorhidrato de oxitetraciclina, ambos compuestos de los antibióticos utilizados en los criaderos de salmón”. El estudio fue criticado por el SENASA, que cuestionó la metodología usada.

Una de las ONG que más activamente trabaja en Chile sobre el tema es Oceana. Su directora ejecutiva, la veterinaria Lisbeth Van der Meer, se especializó en acuicultura de salmón, pero no tardó en desencantarse con los resultados de la industria en su país. La especialista explicó a Infobae que buena parte del problema radica en el florfenicol, el producto que se usa para combatir la SRS, una enfermedad desarrollada por la bacteria intracelular Piscirickettsia salmonis, que impide que los peces crezcan.

“En Chile se usan 400 toneladas de florfenicol para hacer crecer al salmón. Esto está causando resistencia de las bacterias al florfenicol en el medio ambiente y esta resistencia se puede transmitir a los seres humanos, a los que manipulan el producto y a los que viven cerca de los centros de cultivo”, advirtió.

Las consecuencias fueron investigadas en profundidad por el microbiólogo Felipe Cabello, quien explicó el problema de la resistencia bacteriana: si hay una infección, las bacterias no se eliminan a través del uso de antibióticos y las enfermedades son más difícil de tratar, lo que incluso puede ser fatal.

Gustavo Lovrich, del CADIC, también cree que el uso de agroquímicos puede afectar la salud. “Si tomás algo con antibióticos al menos te afecta la flora intestinal. A su vez, los salmones bañados con cipermetrina ya tienen un efecto más intenso, porque se consume un agrotóxico y eso en general se acumula en el cuerpo. Pero no se hacen experimentos en humanos para ver qué pasa. En general sí se asocian ciertas enfermedades con la acumulación de sustancias, pese a que las empresas lo nieguen”, explicó.

Por otra parte, el abogado Alex Muñoz, director del Programa Mares Prístinos de National Geographic para América Latina, hizo hincapié en la “irresponsabilidad de los empresarios” al promover este modelo: “El abuso de antibióticos es una estrategia de crecimiento económico, porque es más rentable tener los salmones hacinados en sus jaulas y usar los antibióticos de manera profiláctica, que tener mejores condiciones sanitarias”, señaló.

El salmón es la primera exportación mundial de Chile, pero con altísimo costo ambiental.
El salmón es la primera exportación mundial de Chile, pero con altísimo costo ambiental.

 

3. Introducción y propagación de enfermedades y parásitos

 

La primera gran crisis ambiental por la salmonicultura en Chile fue en 2007, a partir de la propagación de la anemia infecciosa del salmón, conocida como virus ISA, que se cree que fue introducido en 1996 a través de la importación desde Noruega de ovas infectadas que luego mutaron, lo que a la vez dejó al descubierto un grave déficit en los controles.

Otra teoría habla de problemas de hacinamiento. Lo cierto es que produjo una masiva muerte de salmones y la pérdida de casi el 50 % de los puestos de trabajo que generaba la industria, que provocó una grave crisis económica y social.

 

4. La acumulación de residuos sólidos y líquidos en el fondo marino

 

Se calcula que el 75 % del nitrógeno, el fósforo y el carbono que tienen los alimentos que se arrojan a los salmones no son consumidos y terminan bajo las jaulas y en sus alrededores.

El aumento de nutrientes en el fondo marino provoca dos consecuencias directas: la pérdida de biodiversidad y “el aumento de las concentraciones de amonio liberado en los excrementos de los peces fomenta el crecimiento de microalgas, incluyendo fitoplancton tóxico”, según explicaron las ONG que integran el Fondo para la Conservación del Mar Patagónico. Esa concentración puede favorecer el florecimiento de algas que afectan a los salmones y las que provocan la marea roja.

Sobre este tema es paradigmático lo que ocurrió en la mayor crisis ambiental provocada por la salmonicultura en Chile. Todo comenzó con un bloom de algas a fines de 2015 que provocó una masiva mortandad de salmones por asfixia. Las empresas lograron rescatar 37 mil toneladas de peces muertos, parte de los cuales fueron llevadas a las plantas de procesamiento.

Pero la cantidad era tal, que se contrataron embarcaciones de pesca artesanal para el traslado. ¿El problema? Los pescadores se empezaron a quejar porque la grasa en descomposición del salmón genera ácido sulfhídrico, tóxico y potencialmente mortal. Por eso incluso algunos llegaron a abandonar barcos en el medio del mar, debido al nivel de vómitos y mareos que sufrieron.

En ese marco, la industria salmonera, a través de la asociación Salmón Chile, pidió el 3 de marzo del año siguiente un permiso para tirar al mar 9 mil toneladas de peces que ya no estaban en condiciones de ser tratados y que en tierra significaban un riesgo para la salud. El Gobierno lo autorizó en menos de 48 horas. Para eso se eligió una zona a unos 70 kilómetros de la isla de Chiloé. El tiempo demostraría que el lugar no podía ser peor.

Menos de un mes después empezaron a aparecer en las costas de Chiloé animales muertos, desde crustáceos y moluscos, hasta aves y lobos marinos. También 343 ballenas. Y se registraron lo que la vocera de la campaña de océanos de Greenpeace, Estefanía González, definió como “las mareas rojas más tóxicas y violentas que se hayan documentado en Chile”.

“Los pescadores tomaron la isla y el mundo científico aseguró que era una marea roja provocada por el cambio climático, pero un equipo de Greenpeace fue a la zona a tomar muestras y analizó imágenes satelitales. Sospechábamos porque está probado que una marea roja no es tan tóxica ni se sostiene en el tiempo si no tiene nutrientes, y el amonio que genera el salmón en descomposición es el nutriente favorito de las microalgas de la marea roja”, precisó González.

“Encontramos que desde antes del vertido ya había microalgas en la zona del vertido. O sea que no fue un mal lugar, sino el peor, donde había condiciones para el desarrollo de marea roja. La pregunta es si no miraron las imágenes satelitales o eligieron el lugar a propósito para decir que la marea roja fue natural y proteger a la industria”, se preguntó la ambientalista, que no dudó en atribuir la crisis a los “30 años de contaminación con salmonicultura, el cambio climático, la corriente El Niño y el vertido”.

Un estudio oficial del Gobierno chileno confirmó finalmente esa teoría: detectó que el 21 de mayo, casi dos meses después, en el punto de vertido todavía había amonio. Y la Justicia dio el jaque mate: este año la Corte Suprema acogió el caso y declaró ilegal el vertido. También se constató que hubo derrames ilegales.

 

5. Los desechos contaminantes

 

Como toda actividad industrial, la salmonicultura genera basura. Tras la crisis del virus ISA, en Chile, muchas empresas abandonaron sus instalaciones en medio del mar, lo que combina un riesgo para la navegación con la destrucción escénica, algo particularmente sensible en zonas turísticas, como Tierra del Fuego.

Además, la pintura antiincrustante, conocida como antifouling, que se suele adherir a las estructuras de las instalaciones salmoneras para que no se adhieran organismos marinos, es tóxica. En la isla de Chiloé hubo un derrame de 10 mil litros en un río y una laguna, que se vieron contaminados y teñidos de rojo.

Cerca de allí, un año antes se había hundido el Wellboat Seikongen con unas 200 toneladas de salmones vivos que murieron por falta de oxígeno y convirtieron a la nave en una bomba de tiempo. Estuvo ocho meses allí, con peligro de explosión latente. La industria se lavó las manos y culpó a la empresa transportista.

Al final lo reflotaron, pero ninguna región quería recibirlo, porque era pescado en descomposición. Se presentaron numerosos recursos de protección y terminaron descargándolo en Calbuco, en la Región de Los Lagos, donde los ambientalistas denunciaron que varios vecinos que viven cerca del puerto enfermaron. El incidente volvió a exponer las deficiencias en los controles

 

6. Sobrepesca

 

El cultivo de peces que comen otros peces silvestres puede llevar a la sobrepesca. En el caso de los salmones, consumen pellets elaborados con harina y aceite de pescado que en general se hacen con anchoveta y sardina, aunque también con jurel y merluza, lo que ha llevado en algunos casos a su sobreexplotación. Hace unos años se necesitaban entre 3 y 5 kilos de jurel para producir un kilo de salmón, aunque se estima que esa relación ha mejorado con la introducción de componentes vegetales en los pellets.

La organización Oceana ha denunciado que el Consejo Nacional de Pesca de Chile asignó cuotas de captura de jurel superiores a las recomendadas por el Instituto de Fomento Pesquero. Se calcula que el stock de jurel en aguas meridionales cayó de 30 a 3 millones en un par de décadas. Esto no es consecuencia exclusiva de la salmonicultura, pero sí ha sido una de sus causas.

 

7. La interacción negativa con otros mamíferos marinos

 

El espacio físico que usan las salmoneras coincide con el hábitat y la ruta migratoria de muchos mamíferos. A ellos se suman las altas concentraciones de nutrientes y materia orgánica, la contaminación química y acústica, la circulación de embarcación y los desechos generados, lo que ha llevado al desplazamiento de otros animales.

En Chile se han registrado desde matanzas de lobos marinos que han atacado las jaulas, hasta muertes por enredamiento en las redes loberas de delfines y ballenas.

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